“No quiero llevarme el oficio a la tumba; enseñar es una forma de que la talabartería no desaparezca” – Rodolfo Almirón
En esta edición N°139 de Entrevistados, charlamos con Rodolfo Almirón, Talabartero de toda la vida y dedicado a la enseñanza de su oficio. Con décadas de experiencia, su recorrido lo llevó a trabajar con distintos tipos de cueros y productos, explorando desde las monturas y riendas hasta los detalles más finos de los tientos y trenzas. Adentrandose en las buenas experiencias, en los desafíos y comparando cómo ha cambiado el oficio con el paso del tiempo.
Comentanos, ¿hace cuánto estas en este oficio y que te motivó a ser talabartero?
“Soy Rodolfo Almirón y a los 13 años empecé a trabajar con mi padre como talabartero, hoy tengo 56, así que andamos en 40 y algo de años en el oficio; empecé por curiosidad, en principio, y después, de a poquito se va entrando, uno se entusiasma y cada vez va más adentro, se enamora del oficio, podríamos decir”. Rodolfo agregó “me acuerdo que lo primero que hice fueron cosas simples, sencillas; mi papá me enseñó a descarnar, lo hacíamos a mano, mi papá remachaba, cosía y colocaba broches a mano. Hoy sigo haciéndolo así, aunque ya tengo máquina de coser industrial, pero en ese momento era todo a golpe. Con el tiempo me metí más de lleno; mi papá tampoco trabajaba de lleno en esto, él tenía su trabajo y lo hacía como extra, casi como un hobby. Para hacer algo te tiene que gustar, porque sino, no lo hacés, y yo aprendí bajo el rigor de mi padre”.
¿Cuánto tiempo te lleva hacer algo tan artesanal?
“Depende de lo que se haga y del tamaño. Por ejemplo, yo tengo portatermos hechos totalmente en cuero, cuero grueso, con bolsillo, y hay todo un proceso: hay que marcar, cortar, teñir, dejar secar. Si se pega, hay que dejar que se seque para poder pasarlo por la máquina. Un porta termo grande, de esos que se cuelgan, lleva más o menos un día y medio o dos, porque arrancamos de un paño en crudo, formateamos los bolsillos, la tapa, agujereamos a mano y se cose a mano con hilo encerado. Todo lleva su tiempo”.
¿Cómo es tu relación con el taller?
“Para mí el taller no es solo un lugar de trabajo, es parte de mi vida. Conozco cada rincón, cada frasco, cada herramienta. A veces miro y veo algo fuera de lugar y enseguida sé quién fue. Es mi espacio, lo siento como una extensión de mi cuerpo. Me siento, pongo música, tomo mate y entro en mi mundo. A veces estoy hasta las 10, 11 o 12 de la noche, y tuve que poner un timbre en la casa porque si viene alguien a buscar algo no escucho, estoy totalmente concentrado”.
Desde tu perspectiva, ¿Cómo evolucionó este oficio con el pasar de los años?
“Hace 40 y algo de años atrás no había máquina para descarnar a nivel chico o empresarial. Siempre hubo algo para grandes talabarterías, pero nosotros teníamos que ingeniarnosla: descarnar a mano, remachar a mano, colocar broches a presión a mano. Hoy hay todo; hoy un aparatito permite que uno sentado trabaje, cuando antes había que pararse, ir a buscar un fierro para apoyar y golpear. Claramente era mucho más forzoso, más artesanal, pero por obligación. Hoy, gracias a internet, se compra de donde sea y viene más barato; antes directamente no venía nada. Inclusive las ventas de lo que uno hace hoy se facilitan muchísimo: uno coloca en redes y se vende. Eso ayuda un montón”. Rodolfo recordó “lo que aprendí de mi papá me quedó grabado: una vez que me cortó un cuero de un cinto me dijo, ‘aprendé a trabajar bien, no te acostumbres a hacer chanchadas’. ¿Sabés por qué lo decía? Porque los talabarteros viejos nos estamos muriendo, entonces vos que sos más joven que yo, vas a llegar más lejos, así que tratá de hacer las cosas bien y ser consciente de lo que uno puede llegar a hacer” reflexiona, siempre destacando a su referente, su padre.

¿Recordás algún desafío que te haya marcado en el rubro?
“Yo soy una persona que si tengo un desafío en el trabajo lo tomo si estoy seguro que lo voy a poder hacer; si no, no lo hago. Lo mismo en el caso de una señora que me preguntó, ‘si usted no puede realizar ese trabajo quién me puede recomendar?’ Yo no recomiendo mi trabajo, menos voy a recomendar el trabajo ajeno. Hago lo mío porque estoy seguro que lo hago bien; si no, no lo hago” afirmó muy seguro y continuó “otra cosa que me quedó grabada: mi padre murió a los 73 y siempre decía que todo lo que hagas en la vida tenés que hacerlo a la medida de tu cuerpo. ¿En qué sentido? Si hay un estante y hay que bajar algo, si no llegás pedí que venga alguien más alto, porque si no vas a poner, banquito o tablita y te vas a terminar cayendo. Las cosas tienen que ser acorde a tu cuerpo, a lo que vos llegás”.

¿Qué tipos de talabarteros existen y cómo se diferencian?
“Hay distintos talabarteros. Está el que trabaja con lo que yo llamo ‘marreco y dinero’, y después está el talabartero de caballo, que hace todo lo que es montura, rienda y cuero. No todos los cueros son iguales: yo trabajo con cuero engrasado, curtido al tanino, que es un producto que usan las contiendas y que generalmente es importado. Para todo lo que es curtiembre, los productos vienen de afuera. Después, el cuero de potro se utiliza para cosas como mondé, riendas y tientos. Se puede hacer con cuero de vaca, pero el cuero de potro es más resistente”.
¿Y cómo es el curtido de esos cueros?
“El cuero de potro tiene distintos curtidos. Por un lado, el curtido con sal, que es el que usamos para los cintos blancos, porque no hay hebilla que los rompa: la sal literalmente le ‘come’ a la herilla. Por otro lado, el curtido con mezcla de leche y otros productos es el que se usa para hacer los tientos, esas trenzas y costuras que se ven en la montura. Los dos tipos requieren cuidado, paciencia y precisión; son diferentes, pero ambos forman parte de la talabartería”.
Si alguien quiere aprender este oficio, ¿qué le aconsejarías?
“Voluntad y ganas, nada más. Yo he dado cursos de zapatería y talabartería, y la gente que ha venido siempre son adultos. No hay chicos que quieran empezar. Con mi hijo de 13 años, Leonardo, es distinto: yo no lo obligo, le muestro y lo llevo, porque una cosa es hacer algo por voluntad propia y otra que te lo impongan. Lo obligado siempre sale mal. Él aparece, curiosea y trabaja conmigo cuando quiere. En el tema de los cuchillos, todavía lo tengo alejado porque es chico, pero participa y aprende”.
A la hora de enseñar el oficio, ¿qué te mueve a dar cursos?
“No quiero llevarme el oficio a la tumba. Enseñar es una forma de que la talabartería no desaparezca. Que la gente aprenda, se interese y siga la tradición es fundamental. La pasión y el conocimiento no se pueden imponer; se transmiten con ganas y dedicación”.
Finalmente, ¿volverías a elegir ser talabartero?
“Sí, sin duda. Me emociono al decirlo. Este es mi mundo, mi pasión, mi vida. No cambiaría nada”. concluyó Rodolfo, muy emocionado.
Te invitamos a ver lo más destacado de la entrevista a través de los reels en redes sociales, buscanos como @Despertarentrerriano






