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“Enseñar no es solamente sentarse con un cuaderno. Hay algo emocional muy fuerte que también influye” Carolina Gaitán, maestra particular

“Enseñar no es solamente sentarse con un cuaderno. Hay algo emocional muy fuerte que también influye” Carolina Gaitán, maestra particular

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En esta edición N° 171  de Entrevistados, Despertar Entrerriano conversó con Carolina Gaitán, docente y maestra particular desde hace más de una década, quien convirtió su hogar en un espacio de acompañamiento y aprendizaje para chicos de distintas edades que atraviesan dificultades escolares. Más allá de ayudar con tareas o preparar materias, Carolina reflexionó sobre el rol emocional que hoy cumplen muchos docentes particulares, la importancia del vínculo con los alumnos y cómo, detrás de cada cuaderno o carpeta, muchas veces también hay frustraciones, inseguridades y necesidades de contención.

¿Hace cuánto tiempo te dedicás a la docencia y cómo comenzaste a dar clases particulares?

“Hace aproximadamente 12 años que ejerzo como docente y actualmente soy suplente. Pero desde hace muchísimo tiempo también doy clases particulares en casa, ayudando a chicos con dificultades en las tareas diarias que representa la escuela. Mi casa terminó convirtiéndose en un lugarcito para aprender. La realidad es que primero empecé por una necesidad laboral. Yo necesitaba ingresos y encontré ahí una posibilidad. Pero después me fui dando cuenta de que realmente podía ayudar a muchos chicos que necesitaban un acompañamiento más personalizado. Hoy las aulas están superpobladas y es muy difícil que el docente llegue individualmente a cada niño. Entonces entendí que desde mi espacio podía aportar mi granito de arena.”

 

¿Qué tipo de chicos llegan generalmente a tus clases?

“Llega de todo un poco. Muchas veces los chicos vienen porque necesitan aprobar una materia, esa suele ser la primera urgencia. Pero detrás de eso también aparecen otras cuestiones: dificultades de atención, problemas para comprender textos, frustraciones, inseguridades o incluso diagnósticos específicos como autismo”.

Carolina agregó: “También llegan muchos chicos que sienten que no pueden con determinadas materias, sobre todo matemáticas o inglés. Llegan cansados, frustrados y convencidos de que no les da la cabeza para eso. Y en realidad muchas veces no es que no puedan, sino que están atravesando un proceso de aprendizaje distinto. El problema es que la calificación termina juzgándolos y poniéndolos en el lugar del ‘no puedo’. Ahí aparece muchísimo la frustración.”

¿Cómo es el proceso cuando un alumno llega por primera vez?

“Lo primero que hago es preguntarle qué sabe y cómo se siente con la materia. También si tiene carpeta, si tiene evaluaciones próximas o cuáles son los temas que le cuestan. Pero más allá de eso, me interesa saber cómo se siente incluso con el docente que tiene en la escuela, si logró generar vínculo o no. Porque cuando no hay vínculo con el docente, amigarse con la materia también se vuelve mucho más complejo. Partiendo de lo que el chico sí sabe, puedo acompañarlo en lo que todavía no comprende. Pero para eso primero tengo que conocerlo.”

¿Qué cambios notás hoy en los chicos comparado con años atrás?

“Los cambios tecnológicos son enormes y claramente la inteligencia artificial vino a modificar muchísimo todo. Yo estoy totalmente a favor de las IA, creo que son una herramienta impresionante, pero hay que saber usarlas. Pero además noto muchísimo esta necesidad de inmediatez que tienen hoy los chicos. Quieren aprender todo en una sola clase y no funciona así. Hay procesos. Hay contenidos que necesitan tiempo para consolidarse. Entonces muchas veces tengo que trabajar también la paciencia y explicarles que aprender lleva tiempo.”

¿Cómo describirías tu forma de enseñar?

“Primero necesito vincularme con el chico. Para mí eso es fundamental. Muchas veces vienen enojados, frustrados o directamente obligados por los padres. A veces me dicen: ‘te lo dejo porque a mí no me hace caso’. Entonces el chico ya llega con una carga emocional enorme. Mi trabajo primero es sacarles esa mochilita emocional, sacarles la etiqueta de que son malos alumnos o que no pueden. Y ahí empiezo a trabajar desde la empatía y desde el humor. Trato de descubrir qué les gusta, qué les interesa, si escuchan música, si juegan videojuegos, si dibujan. Desde ahí construyo el vínculo”.

Mencionó además: “Incluso me ha pasado que chicos llegaban de mal humor y después de merendar cambiaban totalmente la predisposición. Entonces entendí que enseñar no es solamente sentarse con un cuaderno. Hay algo emocional muy fuerte que también influye.”

¿Cuál sentís que fue tu mayor desafío como docente particular?

“Mi mayor desafío siempre fue llegar emocionalmente al chico. Si no rompés esa barrera, no podés enseñar. Después uno va probando distintas estrategias según cada alumno. Con algunos funciona trabajar desde el cuaderno, con otros desde imágenes, juegos, pizarras o materiales concretos. Hay chicos que no quieren abrir un libro porque ya vienen agotados o frustrados. Entonces ahí el desafío es encontrar qué les interesa realmente para poder acercarlos al aprendizaje. Porque si vos le caés con cinco libros a un chico que odia leer, claramente no va a funcionar.”

¿Hay alguna experiencia que te haya marcado especialmente?

“Sí, muchísimas. Pero siempre me acuerdo de Luciano, un chico del barrio que empezó conmigo cuando tenía unos seis años. Desde la escuela insistían muchísimo con que le costaba, que probablemente iba a repetir, que no llegaba. Y yo insistía con que sí podía. Fueron aproximadamente tres años acompañándolo. Hubo momentos en donde había que ponerse firme y decirle ‘vamos que podés’. Tiempo después me encontré a la mamá en el colectivo y me dijo: ‘Caro, si no hubiese sido por vos’. Y yo no me siento ninguna salvadora ni la mejor maestra del mundo, pero sí creo profundamente en confiar en los chicos”.

Agregó: “Hoy Luciano ya es grande, trabaja y de vez en cuando pasa a saludarme a la escuela. Y eso para mí es todo. Porque el docente muchas veces planta la semilla, acompaña el proceso, pero no siempre llega a ver el resultado. Cuando lo ves, entendés que valió la pena.”

¿Qué consejo le darías a alguien que sueña con ser docente?

“Que nunca deje de ser niño. Para mí ser docente es vincular. Tenés que agacharte, mirar al chico a los ojos y tratar de ver el mundo desde su perspectiva. Si vos solamente mirás desde arriba como adulto, no podés enseñar realmente. Obviamente también hay que estudiar, prepararse, leer y estar atentos a todo lo que les pasa a los chicos. Pero sobre todo hay que escucharlos, compartir y generar vínculos reales.”

Si pudieras volver atrás, ¿volverías a elegir este camino?

“Sí, siempre. De hecho también soy voluntaria en una ONG llamada Volando Alto, acompañando procesos de aprendizaje de chicos en Benito Legerén y La Bianca. Y ahí confirmé aún más la enorme necesidad que tienen los chicos de sentirse acompañados por adultos. Muchas veces pensamos que el celular va a reemplazar todo eso y no. Los chicos necesitan guía, apoyo, alguien que crea en ellos. Así que sí, volvería a elegir este camino siempre. Y creo que hoy lo hago con más responsabilidad y más corazón que nunca.”

Te invitamos a ver lo más destacado de la entrevista a través de los reels en redes sociales, buscános como @Despertarentrerriano.

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