«La sandía se cosecha en enero o febrero y ahí se define con la técnica del golpe y el oído; es un ruidito puntual que te dice si está lista” – Mauro Zorzi
La sandía forma parte del ADN productivo de la región de Concordia. Con sus campos arenosos bañados por el río Uruguay y generaciones enteras dedicadas al cultivo, cada verano miles de frutas dulces, jugosas y perfectamente rayadas llegan a las mesas argentinas desde estas tierras. En esta edición N° 131 de Entrevistados, conversamos con Mauro Zorzi, productor sandiero de Colonia Ayuí, que lleva más de diez años dedicándose a esta tarea de sol a sol. Con pasión, conocimiento y un fuerte arraigo familiar, Soci explica cómo es el proceso completo de la sandía, las transformaciones tecnológicas, los efectos del cambio climático, los desafíos del mercado y por qué volvería a elegir este camino una y mil veces.
¿Cómo arranca tu historia con la producción de sandías?
“Soy Mauro Zorzi, de Colonia Ayuí, zona sur de Concordia. Empecé a plantar sandías hace unos diez años, pero en realidad vengo de una familia con tradición en esto: mi papá, mi tío, mis abuelos plantaban desde los años 60, 70, 80. Después dejaron, y yo retomé. Arranqué con un amigo, porque es un cultivo que demanda mucho trabajo y es común hacerlo en sociedad. La mayoría de nosotros tiene otras actividades, así que cuando llega el momento fuerte, es clave tener a alguien con quien compartir. Así empecé, y así seguimos.”
¿Cómo es el proceso completo desde que se planta hasta que se cosecha una sandía?
“Arranca ahora en invierno, en junio. Se prepara el lote, se hace un labrado profundo, se arman los camellones. Muchos usamos invernáculo para germinar la semilla bajo cobertura, protegerla del frío y de las palomas. Después, cuando tiene 30 o 40 días, se trasplanta al lote, generalmente en septiembre. Son cultivos de 100 días desde la germinación a la cosecha. La planta va dando entre 3 y 4 sandías, hay que cuidarla mucho de malezas, plagas, hongos. Y se cosecha en enero o febrero. Ahí se define con la técnica del golpe y el oído: es un ruidito puntual que te dice si está lista.”

¿Qué tanto afecta el cambio climático al cultivo de sandías?
“Muchísimo. Cada vez se dan fenómenos más extremos. El verano pasado tuvimos olas de calor brutales, y eso afecta la planta directamente. El suelo llega a temperaturas de 60 grados. Antes se plantaba sin riego, hoy es casi obligatorio. También cambió el régimen de lluvias: caen 200 mm en pocos días. Las heladas son más fuertes. Todo eso impacta. Lo vemos año a año. Hablás con los viejos productores y lo dicen: antes no era así.”
¿Y las herramientas o tecnologías cambiaron mucho desde que tus familiares producían?
“Algunas sí, pero sigue siendo un trabajo muy manual. Hay mejoras en tractores, sembradoras, calzadoras, pero la esencia no cambió: hay que estar encima. Lo que sí cambió mucho es lo químico: hay que usar fungicidas, insecticidas, porque las enfermedades también evolucionaron. Antes no había tantos problemas con hongos o bichos. Ahora sí, y los productos son caros. Y si no los aplicás en el momento justo, no sirven. A veces parece una involución, pero no queda otra, porque hacer sandía orgánica es muy difícil.”
¿La gente sigue consumiendo sandía como antes?
“No tanto. Antes era más común partir una sandía y comerla en familia. Hoy hay helados, jugos, chocolates, otras opciones. Pasa con muchas frutas. Igual, sigue siendo un fruto muy noble: dulce, fresco, con mucha agua. Pero los precios son bajos en relación a lo que cuesta producirla. El año pasado, por ejemplo, una sandía de 10 kilos salía mil pesos, y en Buenos Aires la vendían a 20 mil. Esa intermediación desanima. Uno se rompe el lomo seis meses y no siempre se ve reflejado en lo que cobrás.”
¿Qué le recomendarías a alguien que quiere iniciarse en el cultivo?
“Que arranque de a poco. Una, dos, tres hectáreas. Porque es como una huerta gigante. Tenés que pasar todos los días, cuidar malezas, regar, fumigar. Si te mandás a hacer diez hectáreas de entrada, te vas a frustrar. También hay que asesorarse bien, entender el suelo, la rotación, todo. Es un cultivo que te enseña mucho, pero si lo hacés mal, perdés mucho tiempo y plata. Como en todo: aprender primero, escalar después.”

¿Volverías a elegir este camino?
“Sí, sin dudarlo. Es emocionante. Muy arraigado a la tierra, al lugar. Colonia Ayuí tiene suelos arenosos, ideales para la sandía. Y ya es una cultura: cuando llega la época, el comprador sabe que acá va a encontrar buena sandía. A mí me gusta también la ganadería, pero esto es como un kiosquito que tengo aparte, que disfruto mucho. Me encanta que los más jóvenes pregunten, que se interesen, que quieran aprender. Porque más allá de los problemas, es un cultivo noble. Y cuando te va bien, es una alegría enorme.”
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