¿Sabías que el Hostal del Río nació como un simple mirador y terminó siendo uno de los boliches más famosos del país?
Ubicado en lo alto del actual Parque San Carlos, con una vista privilegiada al río Uruguay, el Hostal del Río fue durante décadas uno de los lugares más emblemáticos de la vida social y nocturna de Concordia. Su historia comienza a fines de los años 60, cuando desde la Municipalidad se impulsó la construcción de un mirador turístico en ese punto estratégico del entonces Parque Rivadavia.
La iniciativa fue impulsada por el intendente Rafael Tiscornia, quien imaginó un espacio desde donde se pudiera contemplar el paisaje del río Uruguay y la zona de Salto Chico, pero también un lugar que estuviera a salvo de posibles crecientes, un temor todavía presente en la memoria colectiva tras la gran inundación de 1959.
El proyecto fue desarrollado por el área de Obras Públicas de la Municipalidad y la dirección de obra estuvo a cargo del arquitecto Hugo Benchoa. El edificio tenía una forma octogonal, casi circular, con grandes ventanales que permitían ver el río desde distintos ángulos. La construcción combinaba piedra y madera, lo que le daba un estilo cálido y rústico, mientras que su ubicación sobre el cerro lo convertía en un mirador natural privilegiado.

La obra se realizó con personal municipal y presenta una curiosidad poco conocida: parte de la herrería fue fabricada en los talleres de la Unidad Penitenciaria de Concordia. Otro detalle llamativo fue su icónico techo de paja, elaborado por artesanos locales que fueron previamente capacitados por un especialista brasileño. Encontrar a ese experto no fue sencillo: un grupo de funcionarios viajó incluso hasta Uruguay para dar con alguien que pudiera realizar ese tipo de trabajo.
El edificio fue inaugurado en 1970 bajo el nombre de “Mirador de San Carlos”. Su imagen pronto se volvió muy popular y aparecía en postales turísticas que se vendían en la estación de trenes y en la terminal de ómnibus como recuerdo de la ciudad.
De mirador a confitería y boliche
Poco tiempo después de su inauguración, el empresario gastronómico concordiense Ignacio Lapiduz presentó una propuesta para concesionar el lugar y transformarlo en un espacio gastronómico y recreativo. Su idea era que funcionara como confitería y salón de té durante el día y como boliche bailable durante la noche.
El proyecto fue aprobado y en julio de 1971 abrió oficialmente sus puertas el Hostal del Río, un lugar que rápidamente comenzó a llamar la atención por su estética y su propuesta innovadora para la época.

El interior del edificio era sorprendente. Su decoración estaba inspirada en la estética futurista de la película 2001: A Space Odyssey y contaba con detalles poco comunes para la época. En el centro de la pista de baile había un gran hogar a leña, mientras que amplios ventanales conectaban el interior con el paisaje del río y los patios exteriores que acompañaban el desnivel natural del cerro.
La ambientación fue pensada siguiendo las tendencias de los boliches más modernos del país, inspirándose incluso en la famosa boite porteña Mau Mau y en la reconocida discoteca Keops de Villa Carlos Paz.
Un ícono nacional
En pocos años, el Hostal del Río se consolidó como uno de los boliches más importantes del país. Durante la década del 70 fue escenario de fiestas memorables y recibió a numerosas figuras del espectáculo, la música y el deporte. Por sus salones pasaron artistas internacionales como The Platters, músicos como Piero y celebridades de la época como Susana Giménez, la modelo Chunchuna Villafañe y el campeón mundial de boxeo Carlos Monzón, cuya presencia generaba verdaderas revoluciones en cada lugar que visitaba.
El prestigio que había alcanzado el Hostal fue tal que incluso llegó a ser tapa de la reconocida Revista Gente, una señal del impacto que tenía el lugar en la escena social de aquellos años. También fue un espacio elegido por la política. El entonces gobernador entrerriano Enrique Tomás Cresto solía recibir allí a funcionarios nacionales y personalidades que visitaban la ciudad.
El Hostal tenía varias particularidades que lo hacían único. Una de ellas era su barra, detrás de la cual se guardaban botellas de whisky personalizadas para clientes habituales. Cada botella tenía el nombre de su dueño escrito en la etiqueta, y en algún momento llegaron a contarse más de 270 botellas reservadas. La música también era un sello del lugar. El rock dominaba la pista y uno de los DJs más recordados fue Carlos “Charly” Díaz De Vivar, quien marcó a toda una generación con sus sets musicales.

Otro detalle que muchos recuerdan era el ritual del final de la noche. Cuando el cielo comenzaba a aclarar sobre el río Uruguay, la música se apagaba y los asistentes salían al patio exterior. Allí, todavía con el sonido retumbando en los oídos, se sentaban en los bancos de piedra mientras el amanecer marcaba el final de una noche inolvidable.
El incendio y la reconstrucción
En 1982 el Hostal sufrió uno de los momentos más difíciles de su historia. Un incendio destruyó gran parte del edificio, dejando solo las paredes de piedra en pie. La escena fue desoladora para los concordienses, que veían cómo uno de los símbolos de la ciudad quedaba reducido a ruinas.
Sin embargo, el espíritu del lugar nunca desapareció. Incluso antes de su reconstrucción total, en diciembre de 1983 el Rotaract Club Concordia organizó allí las tradicionales fiestas de Navidad y Año Nuevo. A pesar de que el edificio estaba dañado y sin techo, la convocatoria fue masiva y esas noches quedaron en la memoria colectiva como una de las más épicas de la historia del Hostal. La reconstrucción permitió que el lugar reabriera oficialmente en diciembre de 1985, iniciando una nueva etapa que acompañó a las generaciones de jóvenes de los años 80 y 90.
Un símbolo que marcó generaciones
Con el paso de los años cambiaron los concesionarios y también las normas de seguridad, lo que obligó a realizar modificaciones en el edificio. Entre ellas, la eliminación del histórico techo de paja y del hogar central, dos elementos que formaban parte de su identidad original.
Durante la década del 2000 el Hostal continuó funcionando de manera intermitente, hasta que finalmente sus noches comenzaron a apagarse. En enero de 2017 se realizó una fiesta que muchos recuerdan como la última gran noche del lugar.
Hoy, aunque el edificio permanece cerrado y su futuro ha sido objeto de distintos proyectos y debates, el Hostal del Río sigue ocupando un lugar especial en la memoria de los concordienses.
Para muchos, no fue solo un boliche o una confitería: fue un punto de encuentro, un símbolo cultural y un escenario donde se vivieron miles de historias. Como recordó su primer concesionario, Ignacio Lapiduz, con el paso de los años: “Hostal fue como una cédula de identidad de la ciudad de Concordia”.
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