Vivir las misiones religiosas: Experiencia social y cultural impulsada por la fe
Sil Medina es abogada de profesión y de vocación educadora de enseñanza misionera. En dialogo con Despertar Entrerriano brindó su testimonio sobre su desarrollo espiritual siendo parte de varias misiones religiosas que vivió a lo largo de su vida e inclusive la más larga de sus experiencias misioneras 2 años y medio en Angola, África.
-¿Podría contarnos hace cuánto fue su primera misión?
«La primera misión que yo tuve fue a los 13 años. En realidad, fue la primera misión fuera de casa con un grupo misionero. Desde los 13 hasta ahora que han pasado 26 años he estado de misión ininterrumpidamente, con el tiempo empezaba la secundaria, después la facultad y ya no tenía el mismo tiempo para dedicarle, a veces son siete días y otras veces un mes. La más larga fue la de Angola, fue tiempo donado específicamente para la misión que fueron dos años y seis meses, no por la rigurosidad del tiempo que pasó sino por el tiempo vivido. Angola se encuentra en el sur de África y sobre la costa del océano atlántico. Tenía 29 años cuando me fui en 2014 y volví en agosto del 2016».
-¿Cómo es la experiencia de la misión?
«Crecí en el ambiente Misionero, empecé en la infancia misionera. Yo comencé con mis primos que cuando iba a visitarlos ellos se iban de misión o mi hermano mayor y a mí me generaba mucha curiosidad de la convivencia o del campamento. La primera vez que escuché decir que alguien se iba a ir de misión a África yo tenía 7 años y pensé -que hermoso, yo quiero ir también-. Hay una frase de Santa Teresita que dice –»Dios siempre me ha hecho desear lo que quería darme»-, recordó Sil.
«Con el tiempo lo de ir a África se dio, tiempo de búsqueda, de distintas experiencias de misiones rurales o urbanas, en invierno o verano».
«Me he ido mucho de misión por la zona, yo soy de La Bianca y hemos ido de misión casa por casa. Por la zona también he pasado por Villa Zorraquin ,Gral. Campos, Colón, Chajarí, Federal. También he ido a la provincia de Misiones durante muchos años en verano visitando a las comunidades guaraníes. La experiencia es así, diversa. Te va quedando de todo, la forma de vivir de la gente, de hablar, las costumbres de las diferentes religiosidades de cada uno porque hay gente que quizás no va a la iglesia, pero colabora mucho en su casa o es buena persona, por otro lado, tratan de vivir en fraternidad con el vecino o con alguien que necesite el pan y eso tiene mucho valor».
«La misión nunca la entendemos como una iniciativa particular personal, siempre es desde la iglesia y en mi caso en las que yo participo, siempre vamos en comunidad. A veces somos muchos otras veces somos menos, hemos sido tres, otras veces quince y otras más de doscientos. Participo mucho desde el acompañamiento y formación de futuros misioneros donde se ve todo en la logística desde que se va a comer y que se va a compartir con las personas en el dialogo, como cuidarse y el amor propio, la familia, compartir o simplemente escuchar».
-Cuéntenos, ¿cómo es la vida en África?
«Es muy distinto. Lo primero es que estamos a cuatro horas más de diferencia».
Explico Sil que no le costó acostumbrarse a un nuevo estilo de vida. «Tanto tiempo mi corazón anhelaba esa experiencia que fue como si hubiera nacido para vivir eso. No lo sufrí. Lo que sí la lengua nacional es el portugués porque ellos fueron colonizados por Portugal, así como nosotros fuimos colonizados por España y se hablaba como lengua común el portugués, en Angola igualmente hay treinta lenguas nacionales que son propias de las etnias que hay allá, por lo tanto, dependiendo de la región se habla algunas lenguas más y otras menos. En el lugar donde yo estaba se hablaban cinco lenguas. Yo fui teniendo alguna que otra noción del portugués, pero muy vaga. Me costó mucho aprender un poco de lenguas nacionales, eso dificultó al principio, pero fue muy poco tiempo».
«Otra cosa que es muy distinta es la comida, se come siempre mucho poroto, arroz y papa o mandioca, prácticamente no hay carne», agregó.
«Se levantan muy temprano por que se manejan con el horario sol y se arrancaba la grilla muy temprano ya con actividades, y más allá del paisaje es otro mundo muy hermoso que me hizo cambiar de vida, no soy la misma persona desde que volví. Siento que tengo dos nacimientos, porque nací de nuevo allá».
«No había necesidad de consumo por que prácticamente tampoco había oferta. La vida pasa mucho por el vínculo con las personas, uno no tiene que andar preocupado por el dinero porque es cierto que hay cierta pobreza, pero eso en cuanto a lo material, lo económico, pero no hay una preocupación. En cambio, nuestro modo de vivir nos hace ir tras de la preocupación y del dinero. Allá comprar regalos no existe, la preocupación es la salud, que la familia este reunida».
«Mi forma de vivir el día a día cambió totalmente, sobre poder encarar el día de otra forma. Allá a mí me llamaba la atención que la agente que te saludaba en la calle se detenía a preguntarte y a que le cuentes ¿cómo estás?, ¿cómo dormiste?, y una tenía que dedicar el tiempo para saludar a esa persona. Uno acá no lo suele preguntar si no es alguien de tu familia o muy cercano. Me cambió desde pensar en vivir el momento con todos los sentidos y estar con la persona que tengo enfrente, de no dejar las cosas para mañana, el poder enfocarme en atender lo que tengo en el momento».
-¿Cómo es cuando vienen a misionar acá?
«La gente en general te recibe muy bien. Mientras yo estaba de misión en El Soberbio acá vinieron un grupo de jóvenes de distintos lugares de la diócesis que venían de misión a Concordia y había mucho miedo en ellos, por la realidad de Concordia. Lo mismo cuando viene una persona de Federal o de Chajarí, la realidad de Concordia un poco los espanta. Yo soy una enamorada de mi ciudad, pero no puedo dejar de desconocer la diferencia abismal que existe de la parte más céntrica, urbana y también turística de lo que tenemos en la entrada de la ciudad y otras partes. Entonces había mucho miedo en los jóvenes y en las familias que los acompañaba, pero sobre esto hay que agradecer a Dios como nos cuida. La gente misma de los barrios los cuidaba».
-¿Quiénes forman parte de las misiones?, ¿es por iniciativa propia?
«Si, es Dios el que nos llama, el que nos invita. Es el que nos mueve algo en el corazón que nos hace desear. Es Dios que nos quiere regalar eso. A veces puede ser por medio de un amigo, hoy tenemos las redes sociales donde podes ver en «flyer» y empiezan a preguntar si pueden participar o ayudar con algo, es algo que sale del corazón de las personas».
«Pedimos que la gente nos acompañe con la oración en los barrios, en segundo lugar, cada misionero pone cierta cantidad de dinero para colaborar con los gastos edilicios de una escuela o una parroquia, puede ser con alimentos o artículos de limpieza. Por último lo que se necesita es alguien que diga -yo voy- alguien que quiera poner el cuerpo».
«Uno siempre vuelve con el corazón repleto de gratitud a Dios por lo que se va viviendo, se aprende a valorar la propia vida, la familia, su comunidad y lugar de origen. Se valora también desde otro lugar el encuentro con el otro porque el que te abre las puertas de su hogar te abre las puertas del corazón».
-¿Se extraña en las misiones?
«En mi caso personal nunca extrañe y lo que me han compartido otros misioneros es que ellos tampoco por que uno se lanza como a la aventura de lo que Dios nos está proponiendo y uno confía en que eso es para el bien propio. Te acostumbras a no dormir en tu cama, a no tener tiempo para bañarse, ni a tener el tiempo libre que uno quisiera, pero finalmente es tener el corazón dispuesto y abierto».






