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Le dijeron “Gordo” durante años, sobrevivió a una leucemia y hoy ayuda a miles de personas a cambiar

Le dijeron “Gordo” durante años, sobrevivió a una leucemia y hoy ayuda a miles de personas a cambiar

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Ezequiel Vedrovnik luchó contra la obesidad desde la infancia, perdió a su padre cuando tenía 14 años y atravesó una enfermedad que casi le cuesta la vida. Hoy vive en Mendoza, tiene más de 350 mil seguidores y lidera junto a su esposa una comunidad que acompaña a personas de distintos países en la búsqueda de una vida más saludable.

Durante gran parte de su infancia y adolescencia, Ezequiel Vedrovnik sintió que estaba perdiendo una batalla que parecía imposible de ganar. Pasaba de una dieta a otra, probaba métodos que prometían resultados rápidos y escuchaba una y otra vez las mismas recetas mágicas para bajar de peso. Ninguna funcionaba. Al contrario: cada fracaso aumentaba la frustración.

“Mi sobrenombre con mis amigos de toda la vida era Gordo. De hecho todavía me dicen así”, cuenta entre risas. Lo dice sin enojo ni resentimiento. Después de todo, aquella etapa terminó convirtiéndose en el motor de una transformación que años más tarde cambiaría su vida y la de miles de personas. Hoy Ezequiel supera los 350 mil seguidores en redes sociales, vive en Mendoza junto a su esposa Anabella y sus hijos León y Martina, recorre distintos países brindando capacitaciones y coordina comunidades enfocadas en hábitos saludables.

Sin embargo, para entender cómo llegó hasta acá hay que volver varios años atrás, cuando todavía era un adolescente y la vida le tenía preparadas pruebas mucho más difíciles que una balanza. Tenía apenas 14 años cuando sufrió uno de los golpes más duros que recuerda. Esa tarde estaba apurado porque iba a jugar al fútbol. Su padre le pidió un beso antes de salir y él respondió que se lo daría cuando regresara. “Le dije que cuando volviera se lo daba. Nunca imaginé que iba a ser la última vez que lo veía”, recuerda.

Horas después, su padre murió en un accidente laboral. La pérdida dejó una herida profunda. Como suele ocurrir con muchos adolescentes, Ezequiel intentó seguir adelante sin exteriorizar demasiado lo que sentía. Pero el dolor encontró otro camino para manifestarse.

Poco tiempo después comenzaron síntomas que nadie lograba explicar. Perdió peso de forma abrupta, aparecieron sangrados de encías, fiebre persistente y un cansancio extremo que le impedía llevar una vida normal. Los médicos buscaban respuestas. Las semanas pasaban y el cuadro empeoraba. Hasta que llegó el diagnóstico: leucemia promielocítica aguda.

“Hubo un momento en que le dijeron a mi mamá que probablemente no pasaba la noche. Para ella fue terrible escuchar algo así”, recuerda. Contra todos los pronósticos sobrevivió. Después llegaron meses de tratamientos, internaciones y recuperación. Pero también apareció algo que terminaría marcando para siempre su forma de ver el mundo. “Aprendí muy temprano que la vida puede cambiar de un día para el otro. Entendí que no tenía sentido seguir postergando las cosas importantes”, asegura.

Superada la enfermedad, volvió a enfrentarse a una realidad que conocía desde chico: el sobrepeso. Sin embargo, esta vez decidió encarar el problema desde otro lugar. “Yo había pasado por diferentes profesionales, por técnicas milagrosas, por métodos que prometían bajar grasa rápidamente y nunca lograba sostener los resultados. Cada intento frustrado me hacía sentir peor”, recuerda. En lugar de seguir buscando soluciones rápidas, empezó a estudiar. Quería entender qué ocurría realmente con el cuerpo humano, por qué algunas personas lograban cambiar hábitos y otras quedaban atrapadas en un ciclo interminable de frustraciones.

“Empecé a interiorizarme sobre cómo optimizar el entrenamiento, cómo moverme más durante el día, cómo mejorar mi alimentación y construir hábitos que pudiera sostener en el tiempo”, explica. Lo que comenzó como una búsqueda personal pronto encontró una compañera de ruta: Anabella.

Ezequiel y su esposa forman un equipo que difunde una vida mejor
Mientras Ezequiel profundizaba en el mundo del entrenamiento y los hábitos, ella disfrutaba experimentando en la cocina y creando versiones más saludables de distintas recetas. Sin proponérselo estaban construyendo algo mucho más grande. Primero compartían lo que aprendían con familiares y amigos. Después comenzaron a formar pequeños grupos de acompañamiento y los resultados empezaron a multiplicarse.

“Arrancamos ayudando a personas cercanas. Después esos grupos se fueron viralizando por recomendación y, sobre todo, por los resultados que obtenían quienes participaban”, recuerda. Lo que siguió los sorprendió incluso a ellos. Las consultas comenzaron a llegar desde otras provincias y luego desde otros países. La estructura inicial quedó chica y fue necesario profesionalizar el proyecto.

“Fuimos sumando profesionales de la salud, armando protocolos de trabajo y transformándolo en algo mucho más sólido. Hoy hay muchos especialistas trabajando con nosotros y acompañamos a personas de distintos lugares del mundo”, explica.

Detrás del crecimiento nunca hubo una búsqueda de fama. De hecho, Ezequiel suele insistir en que la comunidad nació intentando resolver un problema propio. Quizás por eso conecta con tanta gente. Porque habla desde la experiencia. Desde alguien que sabe lo que significa sentirse frustrado y de quien conoce la sensación de empezar una dieta un lunes y abandonarla un miércoles.

La pandemia terminó generando otro giro inesperado. En aquel momento vivían en Buenos Aires y estaban por renovar el alquiler. “Nos pedían una locura. Y fue como la excusa perfecta para hacer algo que siempre habíamos querido: probar una vida más cerca de la naturaleza”, recuerda.

Evaluaron distintos destinos y finalmente eligieron Mendoza. Y bastó poner un pie en la provincia para enamorarse. “Nos encantó la gente, el ritmo de vida, la montaña, todo. Dijimos: este es nuestro lugar”, cuenta. La decisión terminó siendo definitiva. Aunque continúan viajando constantemente por trabajo, Mendoza se convirtió en su hogar.

Tanto que hoy están construyendo allí la casa donde proyectan pasar muchos años. “El año pasado estuvimos viviendo un tiempo en Buenos Aires y los dos nos preguntábamos cuándo volvíamos. Ahí nos dimos cuenta de que Mendoza ya era nuestro lugar en el mundo”, asegura.

Los cambios que realmente funcionan

Después de acompañar a miles de personas, Ezequiel sostiene que el principal error sigue siendo buscar soluciones rápidas. “La mayoría quiere resultados inmediatos porque viene cansada de sufrir. Pero los cambios que duran son los que se construyen de a poco”, afirma.

Por eso recomienda enfocarse en pequeñas acciones repetidas todos los días: caminar más, dormir mejor, organizar horarios, mejorar la alimentación y aprender a gestionar el estrés.

También insiste en abandonar la obsesión por la balanza. “Muchas veces una persona mejora su energía, duerme mejor, tiene más movilidad o recupera confianza en sí misma mucho antes de ver grandes cambios en el peso. Y eso también es progreso”, sostiene.

Quizás esa mirada tenga que ver con todo lo que le tocó atravesar. Porque después de perder a su padre siendo adolescente, de enfrentar una leucemia que casi termina con su vida y de pasar años luchando contra la obesidad, aprendió que la salud no es solamente una cuestión estética. Es una herramienta para vivir mejor.

Y es precisamente ese mensaje el que hoy intenta transmitirles a las miles de personas que lo siguen desde distintos rincones del mundo. Lo hace desde la experiencia de alguien que sabe, mejor que nadie, lo difícil que puede ser empezar.

Fuente: TN

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