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A más de dos décadas, buscan a la familia con drones y quieren pedirle ayuda a la NASA

A más de dos décadas, buscan a la familia con drones y quieren pedirle ayuda a la NASA

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Un nuevo querellante reactivó la causa por pedido de la abuela de los chicos, y la principal sospecha sigue firme: los cuerpos estarían enterrados en las 600 hectáreas del establecimiento.

En enero de 2002, la familia Gill desapareció de la estancia La Candelaria, en Nogoyá, Entre Ríos, sin dejar rastro: el peón Rubén «Mencho» Gill, su esposa Margarita Gallegos y los cuatro hijos del matrimonio se esfumaron y nunca más se supo de ellos. Más de veinte años después, cuando el caso parecía condenado al olvido, la causa volvió a moverse con una fuerza inédita y con herramientas que en su momento eran impensadas.

El impulso llegó de la mano de un nuevo abogado querellante, Marcos Rodríguez Allende, que tomó el expediente y lo reactivó. Contó que aceptó el caso por motivos humanos, y en especial por un pedido concreto: darle una respuesta a doña María Delia, la madre de Margarita y abuela de los cuatro chicos desaparecidos, que después de todos estos años sigue esperando saber qué pasó con su familia.

La hipótesis central de la querella es tan simple como pesada: los Gill nunca abandonaron el campo donde vivían y trabajaban. Según esa lectura, las viejas teorías que hablaban de una mudanza a otra provincia o incluso a Paraguay fueron maniobras para desviar la atención. La sospecha firme es que los cuerpos están enterrados dentro de la estancia, un terreno de unas 600 hectáreas cruzado por ríos, arroyos, tajamares y accidentes geográficos que vuelven la búsqueda extremadamente difícil.

Drones, satélites y un pedido inédito a la NASA

Con el cambio de autoridades judiciales, la causa encontró aire nuevo. En octubre de 2025 se realizó un allanamiento integral del campo, con intervención de la Policía de Entre Ríos, Criminalística y áreas de inteligencia científica. Por primera vez se usaron drones de alta precisión para relevar el terreno y obtener mediciones exactas de cada punto del establecimiento.

Pero el paso más llamativo es otro. La querella busca enviar toda esa información, a través de la Cancillería, a la NASA, cuyos satélites podrían retrotraer imágenes y detectar movimientos de tierra ocurridos antes de 2007. La idea es rastrear, desde el espacio y hacia el pasado, dónde se removió el suelo en los meses posteriores a la desaparición. El propio abogado la definió como una medida inédita en la causa y «una de las mayores esperanzas» que tienen para encontrar a la familia.

Un antecedente macabro y los móviles que investiga la querella

La reapertura también sacó a la luz un dato inquietante. Según la investigación, en el mismo campo había desaparecido tiempo atrás otro puestero, de nacionalidad paraguaya, sin familiares que lo reclamaran. Su caso nunca se investigó. Para la querella, ese antecedente refuerza la idea de un establecimiento que funcionaba como un mundo cerrado, ajeno a todo control.

Sobre los motivos del crimen, la querella sostiene dos posibles móviles, ambos de extrema gravedad y ambos apuntando al dueño del campo, Alfonso Goette, señalado como principal sospechoso hasta su muerte, en un accidente de tránsito en 2016. Uno de ellos apunta a un vínculo oculto: el hijo menor del matrimonio, de apenas dos años, habría sido en realidad hijo del estanciero, algo que -siempre según la querella- el propio Goette habría admitido ante un periodista antes de morir.

El segundo móvil es todavía más grave: la sospecha de que la hija mayor, de 12 años, habría sido víctima de abusos por parte del mismo hombre. Son, en todos los casos, hipótesis que la Justicia aún no probó y que se enmarcan, según el abogado, en un contexto de aislamiento donde el poder, el miedo y el silencio eran moneda corriente.

El propio querellante admite que, aun si se encontraran los cuerpos, esos móviles probablemente nunca puedan demostrarse ante un tribunal. Pero aclara que el objetivo central hoy es otro, mucho más humano que jurídico: darle paz a la familia que sobrevivió a la espera.

Esa espera tiene nombre. Doña María Delia solo pide una cosa: saber dónde están, para poder llevarles una flor. Después de más de dos décadas de silencio, de excavaciones sin respuesta y de una tierra que todavía no devolvió a los suyos, esa sigue siendo la única certeza del caso: en algún lugar de La Candelaria puede estar la verdad que una abuela busca desde hace más de veinte años.

Fuente: Crónica

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