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A favor de la fauna salvaje autóctona

A favor de la fauna salvaje autóctona

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La defaunación global de especies, o la reducción drástica o extinción de especies y poblaciones animales debido a la sobreexplotación humana, alarma por la velocidad, magnitud y el silencio que ocupa en el debate público. Ciegamente, asistimos a un mundo que ve disminuir drásticamente la abundancia de especies autóctonas y, en simultáneo, ve aumentar el ritmo de introducción de especies exóticas invasoras, lo que reduce en consecuencia, el número de especies amenazadas y en peligro de extinción, y por ende, la diversidad biológica.

Así pues, la capacidad de la naturaleza de producir naturaleza disminuye incesantemente. La magnitud del daño humano es tal que ya no alcanza con dejarla librada a su “suerte”, sin intervención humana. Por el contrario, es necesario trabajar intensamente, de manera planificada, ingeniosa y apoyados en el conocimiento científico. Esta convicción, respaldada por un consenso social creciente, nos obliga a asumir una política pública que valorice la fauna silvestre autóctona, y con ella, una estrategia basada en acciones concretas que logre resultados concretos.

En Entre Ríos el territorio se divide en tres grandes ecorregiones: Espinal, Pampeana y Delta e Islas del Paraná. En ellas conviven dos parques nacionales, dos sitios Ramsar y un sistema de áreas naturales protegidas. En la provincia 31 áreas naturales protegidas cubren el 18% (1.415.892 ha) de la superficie total entrerriana, de las cuales el 89% (1.258.300 ha) corresponde a 3 áreas que protegen riberas, islas y humedales: Paraná Medio, Humedales e Islas de Victoria y Reserva de los Pájaros y sus Pueblos Libres.

Sin embargo, este sistema de protección no impide que la excepcional fauna entrerriana esté amenazada: 41 especies de aves, 8 de mamíferos, 14 de reptiles y 4 de anfibios. Aún más, en los últimos 500 años se extinguieron 9 especies silvestres, entre ellas: el ocelote, el yaguareté y el venado de las pampas.

Una estrategia

Las áreas naturales protegidas, con sus dispares estados de conservación, gobernanzas y planes de manejo, son un buen punto de partida para reforzar la protección y restauración de los hábitats y la fauna autóctona habitante. Asimismo, este enfoque de conservación centrado en las áreas silvestres núcleos debe ampliarse, transiciones mediante, hacia zonas de amortiguación y campos adyacentes enlazadas entre sí por corredores biológicos a escala de ecosistemas.

En Entre Ríos, la legislación existente ya define áreas que pueden transformarse, trabajo mediante, en zonas de transición que amplíen el campo de dispersión de los animales. Por ejemplo: las zonas de amortiguación adyacentes a las zonas núcleos de las áreas protegidas (Ley N° 10.479/17), las zonas de restricción absoluta para aplicaciones de productos fitosanitarios (Ley N° 11.178/25) y los sectores de alto y mediano valor de conservación de bosque nativo (Ley N° 10.284/14).

Más compleja es la situación en los campos productivos entrerrianos ya que los mismos forman parte de la región pampeana. Aquí, el empleo de agroquímicos y la competencia por el uso del suelo perjudican la fauna silvestre autóctona. Por eso aquí, conviene agudizar el ingenio y por supuesto, comprender la ruralidad entrerriana para que, en vez de repetir frases como “hay que prohibir el uso de los agrotóxicos” y sacarse el problema de encima, sin ofrecer soluciones concretas, trabajar en transiciones realistas hacia modelos productivos sostenibles.

En este sentido, las estrategias de intensificación ecológica son un modo de aumentar la productividad agropecuaria con menor impacto ambiental. Se trata de reemplazar insumos externos (plaguicidas, fertilizantes químicos, combustibles fósiles, etc.) por recursos presentes en la naturaleza o por productos biológicos de origen industrial. Aquí el rol del Estado es fundamental. Los incentivos económicos, los beneficios fiscales y el conocimiento científico deben ser asequibles para los productores agropecuarios, pues ellos serán los responsables de impulsar producciones de intensificación ecológica, o mejor aún, agroecológicas y orgánicas.

Como el trabajo a escala de ecosistemas es clave para mejorar el estado de conservación de la naturaleza, la estrategia debe apoyarse en ecosistemas integrados ecológicamente, saludables y resilientes, donde coexistan las especies que allí evolucionaron. Sin embargo, un área natural no tiene porqué ser algo aparte del entramado productivo social, especialmente de las comunidades locales, sino más bien lo contrario.

Los hábitats naturales extensos y conectados son esenciales para que los animales de amplia dispersión puedan alimentarse, reproducirse y descansar, principalmente en épocas de sequía y falta de alimentos. Cuanto mayor es la extensión de los hábitats, tanto mayor es la dispersión genética y la resiliencia de los ecosistemas.

Ante este desafío, que es enorme y que hace tiempo está presente en la geografía entrerriana, en la Comisión de Recursos Naturales y Ambiente de la Cámara de Diputados venimos trabajando en un proyecto de ley de mi autoría que propone cambiar la Ley de Caza N° 4.841 vigente desde el año 1969, cuyo enfoque está centrado en aprovechar la explotación de la caza de la fauna silvestre. Nosotros, en cambio, proponemos un enfoque nuevo que priorice la conservación de la fauna silvestre autóctona para aumentar la biodiversidad.

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