Los saladeros de Concordia son reliquias de una época industrial
Los saladeros de Concordia, emblemas de una época en la que la industria de la carne marcaba el ritmo económico de nuestra región, representan una parte fundamental de la historia de nuestra ciudad. Desde su apogeo en el siglo XIX hasta su declive en el siglo XX, estos establecimientos dejaron una huella imborrable en la ciudad y sus alrededores.
Orígenes y Evolución
Los saladeros, nacidos en el siglo XIII, fueron pioneros en la producción de carne salada y seca, popularmente conocida como tasajo (carne deshidratada) o charque. Con el tiempo, estos complejos industriales fueron adaptándose a las demandas del mercado, diversificando su producción para incluir subproductos como grasa animal, carne ahumada y conservas, lenguas saladas, cueros, cornamentas y crines.
En nuestra provincia, tres períodos marcaron la historia de los saladeros. El primero, desde 1840 hasta 1890, fue testigo de su apogeo, con una producción ganadera y una mano de obra que se organizaban en función de las necesidades de estos establecimientos. Durante esta época, los saladeros no sólo eran centros de producción, sino también comunidades en sí mismos, con obreros que trabajaban y vivían en las cercanías de las instalaciones.
El segundo período, de 1890 a 1920, enfrentó la crisis de los saladeros, llevando a su reconversión en fábricas de extracto de carne y otros métodos de conservación. La llegada de nuevas tecnologías y la competencia de otras formas de procesamiento de la carne, como los frigoríficos, pusieron en jaque la viabilidad económica de los saladeros tradicionales. Muchos de ellos se vieron obligados a cerrar sus puertas o adaptarse a las nuevas demandas del mercado.
Finalmente, el tercer período, de 1920 a 1960, presenció la liquidación definitiva de los saladeros en favor de la modernización de las fábricas de conservas. A medida que la industria cárnica evoluciona y se consolidan nuevas formas de procesamiento y conservación, los saladeros tradicionales se volvían obsoletos. Sin embargo, su legado perdura en la memoria colectiva como símbolos de una era pasada.
Fábrica de Carnes Enlatadas «La Uruguay»
En el año 1884, un convenio firmado en Burdeos, Francia, daría vida a la fábrica de carnes enlatadas «La Uruguay». Este acuerdo entre Adolfo Da Passano y Juan Cinto marcó el inicio de una nueva era en la industria cárnica de Concordia. La fábrica comenzó a funcionar en el mes de diciembre de ese mismo año, pero pronto enfrentó desafíos que pusieron en riesgo su viabilidad.
Por esta razón, la sociedad de franceses, Carlos Adolfo Demachy, Federic Portalis y Adolfo Da Pasano; otorgó un poder para gerenciar y administrar la fábrica a Don Roberto de Coulon el 15 de julio de 1885. De Coulon llegó a Concordia y el 18 de septiembre de ese año firmó un contrato con León Iribarne, que era dueño de una pulpería-almacén que estaba dentro del Saladero Concordia desde 1883. Iribarne quedaba con la concesión de la pulpería, se hacía cargo del pago de jornales al personal, y estos debían adquirir las mercaderías necesarias, y podían solicitar adelantos de dinero al almacenero quién era el que controlaba las operaciones.
Superados los obstáculos, “La Uruguay” tuvo mucha actividad en una época, con aproximadamente novecientos obreros trabajando. Pero luego volvería a tener inconvenientes ya que dejaría carne enlatada que se pudrió a orillas del río; se estipula que serían 200.000 latas aproximadamente. Esto se debió a que aparentemente los propietarios del saladero “Juan Cinto, Lesca y Suburu y Cía”. habían cortado el suministro de carne; por esta razón se hablaba que la carne fue traída del saladero “Mocoretá” en tren, y desde allí llevada a la fábrica. Por el intenso calor que reinaba la carne se echó a perder, afectando a los obreros que se contagiaron de tifus y se extendió a la población; los doctores Felipe Heras y Santiago Coldaroli emitieron su opinión y las autoridades municipales emplazaron a De Coulon para que tomara las medidas necesarias.
Pero luego de esto, tanto huelgas laborales y problemas de calidad afectaron su producción, y a pesar de los esfuerzos por mantenerla operativa, «La Uruguay» cerró sus puertas en 1886.
Horno saladero.
Saladero «El Naranjal» o Saladero «O’Connor”
El 8 de febrero de 1867 se produjo la compra del potrero llamado “El Naranjal”. Su dueña fue doña Eloísa Acosta de Bica, esposa de Manuel Bica, y el vendedor el General Manuel Antonio Urdinarrain. El matrimonio y sus cuatro hijos se establecieron ese mismo año en el lugar y construyeron una gran casa cuyo mirador estaba orientado hacia el río Uruguay.
Cuando fallece Manuel Bica, el predio queda en poder de sus hijos: Manuel, Justo, Eloísa y Orfilia. Los hijos varones venden su parte a José Weiseles y a Telésforo Herrán, esposo de Eloísa y apoderado de la menor Orfilia Bica, quienes venden, a su vez, a Carlos Alberti en septiembre de 1882. La intención era instalar un saladero.
La historia de los saladeros de Concordia lo daría a conocer como Saladero «El Naranjal» o «O’Connor», ya que a mediados de 1883 la propiedad fue vendida a don David O´Connor, apoderado de su hermano Juan, quien sería el nuevo dueño de la finca y su saladero hasta fines de 1888. Aunque cambió de manos varias veces a lo largo de los años, en enero de 1889 el establecimiento fue comprado por don Eduardo Demachy, por medio de su gerente don Roberto de Coulom, para anexarlo a la fábrica “San Carlos”. Un año después, el saladero estaba nuevamente en manos de su anterior propietario.
Ruinas del Naranjal.
El Saladero Grande: un emporio de trabajo
Finalmente, el «Saladero Grande», también conocido como «Saladero Concordia», se erigió como uno de los principales motores económicos de la ciudad durante su apogeo en las primeras décadas del siglo (1904-1914 aproximadamente).
Las instalaciones del “Saladero” en sí estaban compuestas por varios galpones de madera y techos de zinc, con pisos de material. Se supone que el edificio cubierto y cerrado correspondía a lo que fue la fábrica de extracto de carne, con instalaciones de calderas a vapor, independientes de las grandes calderas y las llamadas tinas de hierro, donde con el vapor cocinaban los esqueletos de los animales. A orillas del río, se elevaba otro galpón, el que se conocía como “La Tonelería”, pues allí se armaban los cascos de roble que provenían de Europa. El agua era extraída directamente del río, por medio de bombeo con una máquina a vapor, alimentada por las calderas principales. El muelle era de madera, al que llegaban los barcos y chatas para carga o descarga; se comunicaba directamente con la parte central del saladero por medio de una vía, con un desvío.
Cabe destacar que en esta época era común que el personal del establecimiento cruzara el río Uruguay para realizar compras en Salto (R.O.U.); ya que frente al saladero de Concordia, río por medio, había otro similar conocido por el nombre de “La Conserva”. Allí en una casa de comercio llamada “La Pagadora”, los trabajadores realizaban sus compras; porque les resultaba más fácil cruzar el río en bote, que dirigirse al centro de la ciudad por la única calle habilitada (Salta). Entonces, al no haber vigilancia ni control, los días de descanso se constituían también en un paseo.
De manos de Hipólito Lesca el “Saladero Grande” pasó a don Bautista Suburu. Posteriormente fueron sus dueños los hermanos Dickinson, de origen inglés. Más tarde fue del señor Nebel, persona de Gualeguaychú. A su fallecimiento quedó en manos de su hijo Eduardo que fue el último dueño del saladero, que al tiempo, lo alquiló a la Cooperativa de Ganaderos, quienes faenaron sus haciendas durante algunos años. Con el tiempo ampliaron las instalaciones pues el negocio era próspero, y finalmente se instalaron en la zona del Yuquerí, que posteriormente fue la base del frigorífico de ese nombre.
De esta manera podemos ver la primera parte de la historia de los saladeros de nuestra ciudad, y su importancia desde el surgimiento que tuvieron en el siglo XIX hasta su declive en el siglo XX, ya que estos establecimientos fueron pilares fundamentales de la economía local, generando empleo y actividad comercial en la región. A lo largo de tres períodos distintos, los saladeros se adaptaron a las demandas del mercado, enfrentaron crisis y desafíos, y dejaron un legado perdurable en la memoria colectiva de nuestra ciudad.








