Rescate de la Tragedia de Los Andes
El 13 de octubre de 1972, integrantes del club uruguayo de rugby amateur Old Christians y algunos de sus familiares que viajaban a Santiago de Chile para jugar un partido amistoso protagonizaron un accidente aéreo en plena cordillera.
El avión 571 de la Fuerza Aérea Uruguaya, que transportaba 40 pasajeros y cinco tripulantes, se estrelló en el departamento mendocino de Malargüe, en Argentina, sobre un glaciar rodeado de montañas a 3.600 metros sobre el nivel del mar y cerca de la frontera con Chile.
Según se pudo establecer después, la aeronave se estrelló contra las montañas por un error de cálculo del piloto, que pidió autorización a la torre de control para comenzar el descenso como si se encontrara sobrevolando Curicó -228 metros de altitud- cuando faltaban unos 70 kilómetros para llegar a este punto y el avión se encontraba sobre picos de casi 5.000 metros de altura.
Conspiró para la tragedia un profuso banco de nubes que impedía ver los cerros y que sólo pudo ser traspuesto cuando fue demasiado tarde para el avión, que inició maniobras desesperadas para recuperar altitud pero que terminó perdiendo la cola y ambas alas antes de que su fuselaje se deslizara a gran velocidad por la pendiente de un glaciar para terminar impactando contra un bloque de hielo. De la tripulación total, sólo 16 sobrevivieron.
Sobrevivir en medio de la nada
Según los sobrevivientes, la supervivencia fue muy difícil desde el principio porque estaban malheridos, no tenían abrigo, comida suficiente, ni forma de comunicarse con la civilización.
«Se dice muchas veces que sobrevivimos porque éramos deportistas, pero éramos sólo jugadores de colegio de dos veces por semana. En realidad, no hay explicaciones de cómo pudimos sobrevivir y por eso está considerada la historia de supervivencia más grande de todos los tiempos», contó Páez.
Entre los momentos más difíciles de sobrellevar se cuentan la primera noche transcurrida entre los alaridos de dolor de los heridos que no llegarían vivos al amanecer; la avalancha que tapó completamente el fuselaje 17 días después del accidente matando a ocho personas más; cuando se enteraron por radio que habían dejado de buscarlos 10 días después de la desaparición del avión; y
cuando tuvieron que empezar a alimentarse de los cuerpos de los fallecidos, a falta de más opciones. Zerbino suele contar que murió «dos veces» en la Cordillera y otras tantas volvieron en sí.
«Yo venía en un avión volando y cantando pero con un miedo muy grande porque percibía que el avión se iba a caer. Un segundo antes del primer golpe me saqué el cinturón. Cuando se partió el avión yo sentí que estaba en otra dimensión, muerto. Y en ese estado de conciencia pensé: ´¡es verdad, hay vida después de la vida!´. Pero una gota de un líquido del aire acondicionado me pegó en la frente y abrí los ojos. Cuando doy un paso atrás, me caigo en la nieve hasta la cintura y me doy cuenta que estaba parado en el borde de la línea donde se rompió el avión, que el asiento donde yo había estado sentado había desaparecido y que si me hubiera quedado ahí estaría muerto», contó a Télam.
«Esa fue la primera vez que pensé que había muerto, la segunda fue la avalancha», agregó. Con el transcurso de los días, el grupo fue fortaleciéndose en la idea que la única manera de salir de allí era atravesando los cerros en dirección a Chile para pedir ayuda.
Un arriero chileno, clave en el rescate
Fernando Parrado -que había perdido a su hermana y a su madre en el accidente- y Roberto Canessa fueron los designados para esa travesía que rindió sus frutos cuando a los 10 días de esforzada caminata se encontraron, río de por medio, con un arriero chileno. Para el 23 de diciembre, ya todos los supervivientes habían sido rescatados en helicóptero y Zerbino fue uno de los últimos en abandonar el lugar del accidente porque se tomó el tiempo de recolectar objetos personales de los fallecidos para entregárselos luego a sus familiares.






