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Nació en Lomas de Zamora y brilló en el Bikini Open de Miami: “Me cansé de ser flaca y quise ser fuerte”

Nació en Lomas de Zamora y brilló en el Bikini Open de Miami: “Me cansé de ser flaca y quise ser fuerte”

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Oriana Canelo tiene 27 años y a los 16 superó una culebrilla que la dejó con un peso muy bajo. Empezó a dedicar su vida al entrenamiento, se consagró invicta en la Argentina y hoy busca clasificar al Mr. Olympia.

A simple vista, el cuerpo de Oriana Canelo parece esculpido a base de certezas, pero la realidad es que se construyó sobre las cenizas de una profunda vulnerabilidad. La mujer de 27 años, nacida en Lomas de Zamora, ostenta con orgullo el título de atleta profesional (IFBB Pro): fue campeona argentina y sudamericana invicta, y hoy se entrena en Miami persiguiendo un sueño que desvela a los atletas de todo el planeta: clasificar al Mr. Olympia, la meca del fitness mundial.

A los 16 años, una complicación de salud la obligó a recalcular: “Había tenido culebrilla, eso cuando no te agarra bien la varicela, es algo así. Y me mató, me acuerdo que había bajado 10 kilos y me había cansado de ser flaca. Y ahí dije: ‘no, quiero empezar a entrenar y ser fuerte’. Pero empecé a entrenar de verdad”.

Oriana caminó hasta el gimnasio de su barrio, un ambiente repleto de hombres. Allí conoció a Claudio, dueño de Power Gym, su primer gran mentor: “Me enseñó desde el día uno todas las técnicas. Me acuerdo que cuando empecé a entrenar y se dio cuenta que tenía como el potencial o las ganas, me agarró el brazo y me dijo: ‘vos vas a llegar muy lejos’. Me lo acuerdo”.

En aquel entonces, las pasarelas internacionales eran una utopía. Oriana solo buscaba un refugio para su autoestima: “Quería ser fuerte. O sea, es como que me había cansado de ser flaca, de que me digan cosas en el colegio. Entonces dije: ‘no, loco, yo quiero tener músculo’”.

A los 18 llegó el debut casi por casualidad y ganó su primer torneo. “Ahí es como que me agarró este gustito de ‘bueno, ¿y ahora qué sigue?’”, recuerda.

La milimétrica vida en Miami
Hoy, el presente la encuentra viviendo sola en Miami, costeándose todo a pulmón mientras administra a la distancia su propia empresa de fajas en la Argentina. “La realidad es que no, es todo a pulmón”, confiesa sobre la falta de sponsors. En Estados Unidos, sus días transcurren bajo una rutina rigurosa donde la disciplina es la reina absoluta.

Oriana se levanta temprano y evita las pantallas: “Trato de no agarrar el celular la primera hora del día por una cuestión de ponerle intención al día”. Realiza ejercicios hipopresivos y hace 40 minutos de cardio en ayunas.

Lejos de los mitos, la joven come, y mucho: “A veces me ven así y dicen: ‘esta se muere de hambre’. Yo estoy comiendo un montón, mi dieta es súper completa”.

Hace cinco comidas al día, donde el pollo, el pescado y los huevos son ley, aunque el gran protagonista es otro: “Lo que más estoy comiendo ahora es arroz. Como 200 gramos por comida, o sea, es casi medio kilo por día. Tengo la olla de arroz ahí en la heladera”. Su tarde sigue con entrenamientos pesados, posado reglamentario, sauna y horas libres que dedica a estudiar neurociencia antes de acostarse cerca de la una de la mañana.

El “lado B” de la alta competencia
El éxito deportivo exige pagar peajes altos en el plano afectivo. Para Oriana, encontrar parejas que comprendieran su nivel de entrega fue un verdadero calvario. Sus dos novios anteriores pertenecían al ambiente del fitness, pero ni eso alcanzó.

“El primero me hacía la vida imposible 15 días antes de cada competencia”, rememora. “Me cuestionaba lo que yo hacía. Desaparecía en la peak week, la última semana, y me hacía un escándalo. Y fue como: ‘nada, yo voy por acá, vos vas por allá. Suerte’”. Con el segundo, la historia se repitió tras su debut profesional, donde obtuvo un meritorio séptimo puesto: “Me dijo: ‘no estás lista todavía, guardate unos años’. Y nada, empezamos… o sea, empezamos a comer y engordé, no sé, como 12 kilos. Dije: ‘no, no es por acá’”.

Hoy comparte su vida en la Argentina con su pareja, de 29 años. Él no compite, pero respeta su mundo, una condición sagrada: “Es un no negociable. No puedo estar con una persona que al menos no comparta mi estilo de vida de lo que es comer sano”.

Ese nivel de exigencia también le pasó factura en el cuerpo y la mente. Con una honestidad brutal, Oriana se anima a destapar el lado más oscuro de las preparaciones extremas: “Después de todos los torneos tuve trastornos por atracón. Que yo salí, porque también lo traté con terapia y todo. Engordaba como 10 kilos en menos de un mes porque me comía la vida. Imagínate que estar con el paladar sensible, te comés un alfajor y… Una cosa son 10 kilos de comer bien y 10 kilos de comer por comer”.

Por eso, construyó una coraza contra el hate de las redes que minimiza sus logros: “Dicen: ‘no, que estás así por los anabólicos’ y tipo, no tenés ni idea. Pero yo creo que la persona que hace un comentario negativo es porque tiene un problema con ella”.

Tras pisar fuerte en el Miami Pro quedando entre las diez mejores, Oriana apunta los cañones a San Petersburgo y al Tampa Pro, buscando sellar su pasaporte al torneo de sus sueños: “Ganar una Olympia. O sea, primero llegar; el sueño hoy es llegar a una Olympia. Una vez que llegue, es ganarlo”.

Sabe que el tiempo corre. Por eso, a sus 27 años, ya se puso una fecha de vencimiento para la alta competencia porque en su horizonte brilla un deseo mucho más profundo que cualquier trofeo: “Dije, bueno, compito hasta antes de los 30 porque me picó ese bichito de querer formar una familia. Realmente es mi sueño, tener mis hijos y todo. Me quiero estabilizar en la vida y primero cumplir mis proyectos profesionales para poder darle la vida que se merece al baby”.

Cuando la temporada termine a mediados de agosto, Oriana regresará a Lomas de Zamora. Allí la esperan Eli, su fábrica de fajas y los afectos. “Ya es como que le quiero dar más enfoque a mi familia, a él… Y nada, ahí ya empiezan las comidas familiares, domingos de pasta. Eso estoy esperando”, confiesa con una sonrisa. Su meta es llegar a la cima del fitness mundial, pero sobre todo, demostrarle a esa chica de 16 años que alguna vez se sintió débil, que ninguna tormenta puede apagar el deseo de volverse fuerte.

Fuente: TN

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