“El mayor logro de la poesía, poder trasladar una experiencia interior a otra persona, casi como si uno fuera una especie de demiurgo que crea un mundo”: Juan Meneguín, poeta
En esta edición n° 162 de Entrevistados, Despertar Entrerriano conversó con Juan Meneguín, poeta y ex profesor de castellano, literatura y latín, en el marco del Día Mundial de la Poesía, que se celebra cada 21 de marzo coincidiendo con el equinoccio de primavera en el hemisferio norte. Durante la charla reflexionó sobre el lugar que ocupa la poesía en la sociedad actual, sus inicios en la escritura, el proceso creativo detrás de sus poemas y el trabajo que hoy impulsa junto a otros vecinos para recuperar la Biblioteca Popular Olegario Víctor Andrade.
¿Cuándo comenzó tu vínculo con la poesía? ¿Recordás cómo fueron esos primeros pasos?
”La verdad es que fue hace tantos años que casi no lo recuerdo con claridad. Pero creo que no fui una excepción a la regla: empecé a escribir en la adolescencia, como le pasa a muchas personas. Siempre fui un muy buen lector desde chico. Quizás esa sea la única jactancia que puedo hacer: haber sido un gran lector desde muy joven. Leí muchísima poesía, pero también narrativa y ensayo, siendo todavía un gurí”.
Juan agregó: “Después, con los años, uno va leyendo otras cosas y aprendiendo a leer desde otro ángulo. Pero en esos años, cuando tenía 14, 15 o 16 años, ya escribía, aunque con mucha timidez, porque lo que uno escribe a esa edad —salvo que sea un genio— generalmente no es bueno. Son textos muy propios de la edad. Sin embargo hay un momento, y eso sí lo experimenté con claridad, en el que uno sabe que es poeta. Y eso es algo que muchas veces les digo a los jóvenes: una cosa es escribir versos y otra muy distinta es ser poeta. Yo supe que era poeta ya pasados los 18 años, y desde ese momento entendí que mi camino iba a ser explorar esa pasión”.
¿Cómo es tu proceso creativo a la hora de escribir poesía?
“No es que uno se sienta y decide escribir un poema como si fuera una tarea más. Generalmente aparecen sensaciones. A veces son sensaciones muy fuertes, casi como un resplandor repentino. Otras veces son impresiones más cotidianas: palabras, imágenes, pequeñas experiencias que uno va acumulando hasta que de pronto todo eso se vuelca en el papel.
Continuó agregando: “En mi caso, además, tengo un método muy particular porque no escribo directamente en computadora. Escribo primero con lapicera de fuente en cuadernos, luego paso el texto a una máquina de escribir mecánica, y recién después, si el poema realmente me convence, lo paso a la computadora. Incluso muchas veces imprimo el texto y vuelvo a corregirlo en papel. Yo creo que lo digital no es bueno para la poesía. La poesía necesita un tiempo que lo da la escritura manual, esa escritura que acompaña a la humanidad desde hace más de cinco mil años. La poesía muchas veces necesita ese ritmo lento para poder desarrollarse”.
¿Sentís que la poesía cambió con el paso del tiempo?
“No sabría decir si cambió, pero sí creo que desde los años noventa se instaló una idea bastante problemática: la idea de que cualquier cosa puede ser poesía. Se empezó a pensar que la poesía puede ser algo cargado de banalidades, vulgaridades o cuestiones superficiales. Y para mí la poesía no es eso. La poesía es algo mucho más profundo. Decir “cruzó un gato por la calle y me acordé de vos” no es poesía. Eso es simplemente una frase”
Agregó: “La poesía está en otro nivel. Ni siquiera necesariamente está en el papel. La poesía va mucho más abajo y más adentro. El gran maestro Juan L. Ortiz, por ejemplo, tenía como proyecto de vida escribir una poesía que estuviera más allá de la propia poesía. Que cada palabra pudiera transmitir la experiencia del viento sobre la pradera, o la sensación del agua moviéndose, o el cambio de color de un río. No se trata de decirlo con palabras, sino de lograr que el lector lo vea, que pueda sentirlo. Ese sería el mayor logro de la poesía: poder trasladar una experiencia interior a otra persona, casi como si uno fuera una especie de demiurgo que crea un mundo”.
En el marco del día de la poesía, ¿por qué consideras que es tan importante?
“Estamos en días muy especiales, porque nos acercamos al equinoccio, que es cuando también se celebra el Día de la Poesía dando inicio a la primavera en el hemisferio norte. Nosotros en Entre Ríos tenemos además otra fecha importante vinculada a la poesía, que es el día dedicado a Juan L. Ortiz, que se recuerda en octubre”.
Juan continuó diciendo: “Pero más allá de las fechas, creo que es bueno celebrar todos los días el Día de la Poesía, porque en una sociedad y en una historia tan terroríficamente narrativa como la que estamos viviendo hoy, los poetas y las poetas somos de algún modo los últimos que sostenemos la lengua. Hoy toda la realidad se construye como una ficción, y desgraciadamente muchas veces no se construye desde la verdad sino desde la posverdad, lo que transforma todo en un relato que por momentos es banal y por momentos directamente terrorífico”.
¿Cuál fue uno de los desafíos más grandes que te tocó atravesar como poeta?
“Recuerdo uno muy claro. Fue cuando obtuve el Premio Fray Mocho, que es uno de los premios literarios más importantes de Entre Ríos. Yo tenía un libro preparado para presentarme, pero las bases pedían un máximo de 800 versos. El problema era que mi libro tenía ocho poemas de alrededor de 200 versos cada uno, así que me excedía ampliamente. Tuve que hacer un trabajo enorme de corrección para reducir todo el libro a la cantidad de versos permitida. Durante tres meses prácticamente no dormí, tenía problemas hasta para comer”.
Mencionó: “Había poemas que estaban corregidos cincuenta veces. Siempre fui una persona que corrige muchísimo sus textos, porque además escribo poemas largos, y los poemas largos suelen tener muchos defectos que hay que ir limpiando. El poema es como una arcilla en bruto: hay que amasarla, sacarle las piedritas, las impurezas, pulirla, volver a trabajarla una y otra vez hasta que finalmente aparece la forma”.
Más allá de los desafíos, ¿qué te dio la poesía a lo largo de tu vida?
“Todas esas experiencias son valiosas porque uno aprende muchísimo. La poesía también es necesaria, tan necesaria como el aire que respiramos. Es como decía el poeta Gabriel Celaya: la poesía es como el pan, una de las cosas más necesarias de la vida. Hay momentos en los que escribir un poema o leer uno puede producir una sensación de plenitud, como si uno quedara flotando en el aire. Y también es muy importante cuando uno siente que lo que escribió le cambia algo a otra persona. El arte existe justamente para eso: para modificar nuestra mirada sobre el mundo”.
Si alguien te dice que quiere ser poeta, ¿qué consejo le darías?
“Primero que lea mucho. Y después que no se proponga ser poeta como si fuera una decisión de un día para otro. No es como levantarse con ganas de comer algo o decidir ser actor de teatro. El arte no funciona así. Uno con el tiempo se da cuenta si realmente tiene esa vocación, si existe una pasión verdadera detrás. Y después viene lo más importante: trabajo, trabajo y más trabajo. Porque además todo lo que creemos descubrir muchas veces ya fue hecho antes, y muchas veces mejor. Por eso hay que leer mucho, conocer la tradición y trabajar seriamente. Con la poesía no se jode”.
Para cerrar, si pudieras volver atrás en el tiempo, ¿volverías a elegir este camino?
“No lo sé con total certeza. Tal vez sí, tal vez no. También me interesaban otras cosas. De hecho, una vez me inscribí en la Facultad de Ciencias Astronómicas de La Plata porque la astronomía también me fascinaba. La poesía y la astronomía tienen algo en común: ambas miran el universo. Pero la vida me llevó por el camino de la poesía, y aquí estoy”.
Finalizó diciendo: “Lo único que sí sé es que hay que seguir escribiendo, sin creérsela demasiado, porque siempre estamos aprendiendo. A veces un poema escrito hace más de dos mil años todavía puede enseñarnos algo, mientras que muchas cosas que se escriben hoy no nos enseñan nada. Así es la historia de la literatura. Y como dijo alguna vez un poeta: la poesía no se vende… porque la poesía no se vende”.
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