Despertar Entrerriano

Diario de Concordia

El Castillo San Carlos: Testigo de un pasado misterioso y un presente fascinante

El Parque San Carlos de Concordia, Entre Ríos, se erige como un oasis de belleza natural y misterio histórico. Este paraje a la orilla del río, con sus 80 hectáreas de selvas en galería y lomadas, ha cautivado a generaciones de visitantes, y alberga las ruinas, puestas en valor en 2013, de un enigmático castillo, una construcción que ha sido testigo de enigmas y transformaciones a lo largo de los años.

Los Orígenes Desconcertantes

Los orígenes de este castillo son tan misteriosos como fascinantes. Charles Édouard Demachy, el hombre detrás de su construcción, llegó a Concordia con un aura de misterio. Se cuentan varias versiones sobre su llegada, desde un aventurero que zarpó por amor, en su propio bergantín al que bautizó Hippolyte por la ópera de Rameau; hasta un empresario enviado por su familia para supervisar negocios en tierras entrerrianas, ya que era hijo de uno de los banqueros más opulentos de Francia.

La Construcción en Tiempo Récord de una obra de esplendor Europeo

Edouard Demachy, fue un supuesto conde francés; los Demachy desembarcaron en el puerto de Concordia en 1886, con su único hijo y «montones de baúles y maletas». Primero se instalaron en el mejor hotel que pudieron encontrar y luego alquilaron una casa, donde residieron mientras un ejército de obreros levantaba el fastuoso castillo estilo Luis XV en la lomada más alta del parque, según planos trazados en París.

La edificación del Castillo San Carlos entre 1886 y 1888 marcó un capítulo de opulencia y lujo en Concordia. Se decidió que se colocara majestuosamente en lo alto de una colina, para que sus propietarios puedan obtener las mejores vistas de la ciudad y del Río Uruguay.

El castillo, fue construido en piedra viva, paredes macizas, salones con techo en madera esculpida, mármoles, y tapicería finísima que cubría las paredes. En sus dos plantas, se desplegaban 27 habitaciones que contaban con pisos de mármol. arañas de cristal y terciopelos de Francia. El único aporte «autóctono» fue la piedra lavada, extraída de las costas del río, que se utilizó para revestir el exterior. La iluminación a gas, distribuida a través de cañerías, fue toda una novedad para la época, al igual que el sistema de agua corriente y los sanitarios móviles. La cocina, fue ubicada a 260 metros del edificio principal, distancia estratégica para evitar olores indeseados, producidos durante la cocción de los platos. Todo estaba adornado con materiales importados de Europa, desde hierro inglés hasta mármol italiano.

Los Demachy llevaban una agitada vida social: daban fiestas y banquetes, y visitaban la ciudad en su carruaje tirado por caballos.

Sin embargo, en octubre de 1891, hay versiones que dicen que fue en 1892, los Demachy abandonaron su residencia sin previo aviso. Un día decidieron alejarse por el río Uruguay en su barco y nunca más retornaron. Las razones de esta arrepentida partida varían, desde problemas financieros hasta inclusive, algunos lugareños aseguran que lo hicieron para escapar del abuelo, quien habría realizado un pacto con el diablo, lo que llevó a toda la familia a retornar a Francia. Sea cual sea la verdad, dejaron atrás un legado de preguntas sin respuesta y rumores incesantes.

El establecimiento siguió produciendo, el saladero y la fábrica de carnes enlatadas: «La Uruguay», siguieron funcionando durante un tiempo, pero al suspenderse los envíos del capital operativo desde Francia, entraron en bancarrota.

Los Cambios de Propietarios

Tras la partida de los Demachy, el castillo pasó por diversas manos y usos. Ocuparon la casa Roberto Lix Klett y familia; más tarde fue propiedad de la Sociedad Rural de Concordia. La propiedad salió a venta pública, más nadie la adquirió. Los impuestos impagos provocaron la incautación del bien por el municipio. En una época éste lo cedió en préstamo al vecino Regimiento de Caballería, y luego fue alquilado a familias acaudaladas como los Marcone Cheirasco; alquilado a particulares como lugar de veraneo, y más tarde fue campo arrendado con vivienda familiar amoblada. Luego de varias peripecias, el castillo y el extenso parque fueron arrendados por el matrimonio Fuchs Valon.

Fue así que un caluroso día de fines de 1929, un pequeño avión zarandeado por el viento tuvo que aterrizar de emergencia en un claro, a orillas del río Uruguay. Sería quien le dió vida al Principito; el solitario aviador, que respondía al nombre de Antoine Jean Baptiste Marie Roger, conde de Saint-Exupéry.

Y así podría haber permanecido como mansión de lujo, sin embargo, en 1938, un devastador incendio dejó la mansión en ruinas.

El largo abandono y el renacimiento

Durante 75 años, el castillo permaneció abandonado hasta 2013, cuando se realizaron extensos trabajos de restauración que permitieron inaugurar un museo en el lugar. Hoy en día, el Castillo San Carlos es una reserva natural municipal y un punto de referencia cultural en Concordia. Hoy cuenta con pasarelas, rampas y escaleras que permiten recorrer los distintos espacios e imaginar los encuentros entre el aviador y sus princesitas, hijas del matrimonio Fuchs Valon. En el Centro de Interpretación del subsuelo, donde antes estaban las caballerizas, abundan objetos relacionados con su historia, entre ellos un libro contable que cayó del carruaje de los Demachy, el cual fue recogido, y luego donado por la familia Moulins.

El Castillo San Carlos Hoy: El Patrimonio de un Legado Perdurable

Hoy en día, el Castillo San Carlos se ha convertido en un punto de referencia cultural en Concordia. Los visitantes pueden explorar no solo las ruinas del castillo, sino también el Jardín Botánico Ca â Porá, voz guaraní que significa vegetación hermosa, con sus exuberantes ocho hectáreas de vegetación. Los miradores naturales ofrecen vistas panorámicas del río Uruguay y los parques infantiles brindan entretenimiento para las familias. La escultura del Principito, que mira desde su asteroide, agrega un toque de magia al entorno. Y en el tramo de selva en galería –un festín para los avistadores de aves– conviven especies insignia como el ubajay, el guayabano blanco, el palo cruz y el vivaro.

El Castillo San Carlos, con su historia fascinante y su esplendor restaurado, continúa siendo un lugar que cautiva a los visitantes, un lugar donde la imaginación se entrelaza con la realidad y donde la historia se mezcla con la naturaleza. Es un testimonio de una época pasada y un tributo a la belleza perdurable de Concordia, Entre Ríos, donde el pasado y el presente convergen en un rincón de misterio y maravilla.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

YouTube
YouTube
Instagram
WhatsApp